Desde 2021 el mercado energético no ha dado tregua. El cambio ha sido estructural y el precio fijo anual, tal y como se conocía hasta entonces, ha dejado de ser la referencia habitual para empresas y profesionales.

La entrada masiva de generación renovable ha alterado el funcionamiento del sistema. A nivel mayorista, el mercado transmite una sensación de mayor calma y los precios de futuros ya no generan la misma inquietud que hace unos años. Sin embargo, esta aparente estabilidad no se traslada a la factura final.

Los contratos indexados atraviesan un momento complejo y las ofertas a precio fijo que realmente aporten certidumbre son cada vez más limitadas. A este escenario se suma el impacto creciente de los servicios de ajuste del sistema (SSAA), que desde abril de 2025 han adquirido un peso relevante en el coste energético. En algunos suministros ya representan hasta un 25% del total.

En este contexto, firmar un contrato y desentenderse ya no es una opción válida. La gestión energética exige seguimiento continuo, ajustes precisos, coberturas bien planteadas cuando tienen sentido y una reacción rápida ante cambios regulatorios que pueden modificar el resultado económico casi de un día para otro.

La cuestión clave es clara:

¿Tiene tu empresa definida su estrategia de contratación energética para 2026?

En un entorno tan cambiante, la anticipación y el control marcan la diferencia.

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